El nuevo hito de la Ciudad de México
12/05/2009
Por Gustavo Gómez Peltier
A cada quien su monumento
Cuando uno llega a una ciudad –naciendo o visitando- los hitos y símbolos ya están ahí, los más relevantes se visitan, se admiran y se fotografían, el resto se ignoran o se olvidan pero pocas veces nos preguntamos quién los manda a construir y quién decide qué es y dónde colocarlos. Todo parece indicar que existen muchas respuestas y que para cada una de ellas se requiere la conjunción de varios factores: decisión política, presupuesto, evento conmemorativo y cierta dosis de vanidad personal o urbana; en todo caso erigir un monumento, una estatua, un hito o un símbolo nunca es una demanda de la ciudadanía. Es difícil pensar en la población exigiendo a sus autoridades la edificación de monumentos a Juárez, Zapata, Hidalgo, Morelos, Allende, López Portillo, Díaz Ordaz, Carlos Hank, antiguos guerreros Aztecas o Mayas, y más difícil aún pidiendo monumentos al libro de texto gratuito, al drenaje profundo, al seguro social o a la expropiación petrolera; sin embargo, el país esta plagado de estos y otros monumentos de carácter simbólico. Quienes en ocasiones lo logran son algunos grupos sociales que con el cabildeo correcto y con presupuesto propio o ajeno logran edificar pequeños monumentos a músicos populares, políticos partidistas, figuras religiosas o actores de cine.
En todo caso, la edificación de monumentos “históricos” ha pasado a la historia, ahora se buscan erigir símbolos “abstractos” de gran escala que puedan convertirse en hitos e íconos de la ciudad en cuestión, una suerte de monumentos a la ciudad misma derivada de cierta necesidad de trascendencia e identificación icónica de las ciudades y sus administradores. Siempre es una tentación para los gobiernos en turno edificar elementos que se transformen en símbolos locales, nacionales y con un poco de suerte en internacionales. Si el Ángel de la Independencia es el símbolo de la Ciudad de México y la Torre Eiffel es el símbolo de Paris por qué el nuevo monumento no habría de representar a la propia localidad ante el mundo; así de sencillo.
En la búsqueda de temas y su respectiva ubicación para los nuevos símbolos de la ciudad, la clásica solución es la edificación de esculturas que simbolicen “la puerta” de la ciudad, a pesar de que las ciudades en México nunca fueron amuralladas y por tanto no tenían puertas de acceso. Pero en todo caso estos elementos sirven como mojoneras indicando límites que con la expansión urbana se van haciendo más difusos. Buen ejemplo de ello resultaron las Torres de Satélite que simbolizaban la llegada a un fraccionamiento y que ahora sólo son elementos escultóricos en medio de un gran caos urbano.
Los festejos del Bicentenario se presentan como una excelente oportunidad para que tanto políticos en turno como escultores, arquitectos y artistas diseñen, construyan y edifiquen toda suerte de monumentos de orden abstracto y que en función de su escala y presupuesto serán de representación nacional, estatal, regional o local. Sobre los primeros ya tenemos el primer resultado y con ello una buena polémica.
El Monumento
Desde su anuncio fue cuestionado, primero por haber sido calificado como el “Arco Conmemorativo del Bicentenario de la Independencia.” con lo cual se condicionaba su aspecto formal y con ello el imaginario colectivo, segundo por el espectáculo político y pirotécnico desarrollado para el día de su anuncio y último por no haber sido un concurso abierto sino por invitación “a los mejores arquitectos de México”.
Entre los agraciados por la invitación se encuentran desde el “gran tótem” de la arquitectura gubernamental Pedro Ramírez Vázquez -curiosamente asociado con Fernando Romero- pasando por los imprescindibles Teodoro González de León, Javier Sordo Madaleno y Alberto Kalach, hasta las nuevas promesas “emergentes” como Michel Rojkind o Tatiana Bilbao.
No todos los invitados se pusieron a trabajar, algunos declinaron la invitación – a saber - por considerar que un arco limitaba su capacidad creativa o por que la misma idea y los recursos para realizarla no coinciden con la realidad socioeconómica del país o la postura política de quienes declinaron la invitación. Con ello se comenzó a generar una polémica sobre la pertinencia económica, simbólica e ideológica del proyecto. Exento a cuestionamientos no lo fue el jurado, el cual fue tildado de parcial dado que algunos de sus miembros fueron señalados por algunos de los concursantes como ex colaboradores y fieles amigos de algunos de los concursantes y por tanto un fallo justo quedaba en entredicho.
Mientras todo esto sucedía el resto de los despachos siguieron trabajando y tanto la prensa como los convocantes siguieron refiriéndose al concurso como “el arco bicentenario” lo que generaría en su momento más desacuerdos y polémicas. El día 15 de abril se dan a conocer los resultados del concurso y con ello terminan de desatarse las envidias, las ambivalencias, la autocomplacencia, el egocentrismo, los afanes políticos y personales de un gremio que se percibe como autárquico y que pocas veces se ha distinguido por lo contrario.
Al día siguiente se difunde al proyecto ganador, mismo que depara varias sorpresas: 1. no es un arco, 2. no fue ganado por “los consabidos” sino por un grupo de casi desconocidos encabezados por Cesar Pérez y Martín Gutiérrez, 3. los resultados se hacen públicos y 4. uno de los arquitectos concursantes -Michel Rojkind y su equipo- concursó para perder con una propuesta sumamente crítica y en cierta forma cínica, en la que se plantea un total desacuerdo con la pertinencia de la convocatoria y la idea misma de edificar un monumento al Bicentenario, por lo cual propone edificar un gigantesco y dantesco conjunto de 5 mil viviendas de interés social sobre el Paseo de la Reforma. El proyecto es irrealizable tanto por su complejidad formal y estructural como por su costo e inaceptable – para las buenas conciencias – uso habitacional. Su apuesta era abrir un debate sobre el uso de los recursos del país, sobre la importancia del espacio público y la reflexión y participación ciudadana con relación a la ciudad y sus elementos simbólicos. Si bien “la osadía” generó gran polémica horas después al anuncio del ganador no ha podido abrir del todo el debate, particularmente en la opinión pública pues en el ámbito arquitectónico logró escandalizar y ofender a varios de sus colegas. Lo que si logró Rojkind con su propuesta es que los medios difundieran únicamente dos proyectos, el ganador y la suya dejando al resto de los participantes –o casi a todos- en el olvido mediático.
En los días posteriores se desató otra polémica, misma que ha sido encabezada por Ramírez Vázquez y su nuevo colaborador en la que se argumenta que se debe descalificar al proyecto ganador por no haber cumplido con las reglas del concurso al diseñar una torre y no un arco. Ante estas afirmaciones un grupo de arquitectos se encargó de desechar la queja argumentando que en una de las reuniones aclaratorias del concurso, en donde todos estaban presentes, se acordó que el diseño no necesariamente tendría que ser un arco y que era posible proponer cualquier otro elemento formal. Sin embargo, la dupla concursante insiste en la descalificación y con ello al haber obtenido el tercer lugar y dado que el segundo lugar otorgado a Isaac Broid -cuya propuesta tampoco es un arco y por tanto debería ser descalificada- les sea otorgado el codiciado primer lugar (aunque su propuesta sea un aro y no un arco).
Monumento al ciudadano desconocido
Si un elemento tienen en común la mayoría de las propuestas presentadas es la regeneración e integración de plazas y espacios abiertos en un punto de la ciudad marcado por el deterioro y el conflicto socio espacial. Regenerar este espacio pareciera ser el primer objetivo y con ello dar marco urbano al símbolo, al hito.
La regeneración de espacio público de calidad y la reestructuración de un espacio urbano constreñido por vialidades podría considerarse la mayor aportación urbana del Monumento al Bicentenario y resulta una de las principales cualidades del proyecto ganador. Proyecto que carece de protagonismos por parte de sus autores, incluso podríamos afirmar que no tiene “firma” y que busca integrase al contexto, al paisaje y a la forma urbana preexistente al no buscar competir con ella sino mas bien formar parte de la misma.
Todo proyecto arquitectónico debe acomodarse al entorno y contribuir a él, producir espacio público para permitir que la población interactúe con el espacio edificado y esta propuesta, al incluir plazas, jardines, andadores peatonales y en forma particular un mirador en lo alto de la estructura para que la vista panorámica de la ciudad deje de ser privilegio de quienes laboran en las grandes torres de la ciudad, merece en principio, su aceptación y bienvenida desde una perspectiva urbana.
Finalmente lo que se va a construir es ante todo un gran hito urbano, pero a diferencia de la mayoría de estos se trata de un hito abierto, accesible al público, con el que se podrá interactuar, a diferencia de otros como las Torres de Satélite, La Cabeza de Juárez, El Monumento a la Raza, la Fuente de Petróleos, El Caballito (de Sebastián por supuesto) y con ello desarrollar un sentido de apropiación, de arraigo urbano e identidad. Por sus características físicas y simbólicas será el tiempo quien realmente lo justifique y lo valore como lo que pretende ser: un símbolo nacional y un sitio de encuentro, de reunión, de intercambio social, de manifestación.
Más allá de las polémicas, los demonios desatados, del gusto de cada quien, de su pertinencia, de su marco político y social, de su relación con otros hitos a nivel global y del “star sistem” arquitectónico nacional, es pertinente evaluar, reflexionar y abrir el debate en torno al impacto urbano y pertinencia que los “símbolos del bicentenario” o cualquier otro traerán para sus respectivas localidades.
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