Acapulco es un festín: De banquetes, paraísos y destinos.
16/02/2010
(Del fr. festin).
1. m. Festejo particular, con baile, música, banquete u otros entretenimientos.
2. m. Banquete espléndido.
Diccionario de la Real Academia Española
Banquetes
La Ciudad de Acapulco se asemeja a aquella mesa en la que constantemente se sirve un gratuito y gran festín, en el cual parece que nadie se toma la molestia de recoger los restos: platos, vasos, copas, restos de comida, botellas, ceniceros rebosantes, manchas indelebles, servilletas usadas, cubiertos todos y platones vacíos. Sin embargo la gran mesa sigue ahí para que de manera constante nuevos y viejos hambrientos tomen asiento y se vuelva a servir cuantas veces sea necesario sobre el mismo desmán, a nadie pareciera importarle nada más que el hecho de sentarse en el siempre mítico banquete y disfrutar de lo que esto significa: un pequeño triunfo personal repetible hasta el hartazgo.
La búsqueda individualizada del paraíso permite trascender la memoria colectiva y sus externalidades, no importa el costo, el tiempo o el esfuerzo. Todo queda redimido cuando se está sentado en el festín aunque este no sea como el imaginado, no importa, siempre y cuando se le asemeje lo suficiente para poder disfrutar del placer provocado de estar y disfrutar el mítico paraíso: Acapulco.
El destino turístico, la ciudad, el otrora paraíso natural siempre anhelado se encuentra sobreurbanizado. Miles de grandes y pequeños “no lugares”, de residuos urbanos y arquitectónicos, de muros ciegos y espacios muertos, abandonadas muestras del ayer edificado, rascacielos enanos y pequeñas grandilocuencias arquitectónicas mal logradas. Todas ensimismándose entre ellas porque el contexto y el espacio urbano están saturados. De todo esto se desprende la principal paradoja del puerto como destino: lo que ya no es posible advertir visualmente -su condición geográfica entre playa y montaña- sigue siendo su principal atractivo.
El paraíso edificado sobre el paraíso mismo y a costa de el. Una utopía construida en función a intereses y banquetes particulares, a la subvalorización y explotación de un mercado turístico que finalmente se ha acostumbrado al artificio vestido de falso paraíso, una demanda que se regocija en el artificio y que siempre demanda más. Planeada a manera de ciudad lineal y ribereña que se ha desdoblado hacia la montaña y hacia la mar, nada la contuvo, nada pretende hacerlo. Si el paraíso pertenece a todos, entonces todos pueden usufructuarlo en la búsqueda del propio beneficio que parece ser el único relevante.
Origen es destino
Ambiciosa y corrupta desde su origen mismo, puerto establecido durante la colonia para competir con los cacicazgos económicos de Veracruz y con ello seguir saqueando a la Nueva España. Siglos después a la par que el desarrollo del sueño turístico como fenómeno social, Acapulco es urbanizado por quien establece un modelo de desarrollo nacional de igual suerte colonial: El Lic. Miguel Alemán, personaje político también conocido “Mister Amigo” y quien después de haber “conducido los destinos de la nación” (1946 – 1952) a todas suertes fue designado presidente del Consejo Nacional de Turismo, cargo que ostentó durante 25 años hasta el día de su muerte y a quien podemos considerar padre conceptual del “destino paradisiaco” y de paso, de un modelo de desarrollo turístico aún vigente.
Probablemente todo lo que implicó el modelo de país desarrollado por el “alemanísimo” está tácitamente establecido en el puerto: la corrupción como mecanismo operativo, el compadrazgo, el beneficio de unos cuantos a costa de todo, sobre todo y sobre todos para con ello generar beneficios residuales a lo demás agradecidos, el usufructo irrestricto y sistémico del territorio, las ansias modernizadoras que solo se sostienen a costa de enterrar el pasado. Todo esto sobre cualquier otro razonamiento terminan marcando a una ciudad creada para ser saqueada y explotada en una suerte de reinvención de colonia bananera nacionalista y modernizadora.
Como consecuencia ideológica, el desarrollo de la ciudad pareciera tener como único objetivo edificar el paraíso. Cada playa, cada río, cada cañada y cada ladera; no se deja espacio abierto alguno pues estos poco aportan al festín al igual que platones y botellas vacías. La condición geográfica, la vista, la playa, el lugar de descanso solo es accesible para quien desde sus recursos logra pagar por ella. Del sueño colectivo solo queda un enclave posmoderno que pierde la dimensión multicultural y se convierte en ciudad prohibida con zonas que no se comunican ni se integran, donde la actividad converge hacia determinadas zonas solo para desarrollar consumo y que delimita los espacios a la solicitud de la demanda rentada.
Como todas, ciudad de ricos, de pobres, de quienes transitan entre ambas condiciones y de visitantes quienes se trasladan de un extremo a otro siempre buscando algo con la certeza de haberlo encontrado aun sin haberlo visto. Ricos que se ven de día y pobres que se ven mejor de noche preferentemente desde una panorámica desde donde las luces nocturnas de sus casas o comercios hace que la vista se vuelve más espectacular. Pero al fin de cuentas, todos, de alguna manera, preparando y comerciando lo necesario para una vez más y de cualquier modo ser partícipes del gran festín.
De Acapulco solo quedan los recuerdos y las añoranzas de quienes, en sus respectivas épocas, lo evocan y lo invocan aun estando presentes en el sitio, convirtiéndose en la práctica perceptual y en el imaginario social en una ciudad histórica, en una suerte de gran evocación urbana y natural.
A manera de propuesta paradisíaca
La ciudad debe de ser “desurbanizada” y con ello revertir un proceso edificatorio que ha llegado a su fin práctico y teórico. Generar un proceso de desarrollo que permita el suprimir para añadir condiciones originales.
La costera se presta para ello en su calidad de eje estructural, desde ahí, devolverle a la ciudad su traza y a sus arquitecturas su contexto inmediato original, liberando a ambas de los quistes que con el tiempo se fueron agregando hasta suprimir su contexto y con ello reintegrarle su representación geográfica, histórica y social. Se requiere interconectarla eficientemente con su condición natural y con su entorno, recuperar los espacios pertenecientes al vacío urbano, a el espacio abierto y el espacio colectivo; priorizar estos elementos sobre otras formas de hacer y entender ciudad y destino turístico.
Lo aquí propuesto no difiere mucho de lo hecho en algunos centros históricos y sitios patrimoniales en el sentido de desarrollar una ciudad histórica basada en la iconografía arquitectónica sumado a su contexto natural, en la recuperación de los espacios abiertos, en los espacios públicos como polos de actividad, así como en el despliegue identitario de barrios y zonas espacio temporales. Con lo anterior es posible generar una transición en la identidad perceptiva de la ciudad para la regeneración de los imaginarios compartidos junto con la recuperación de contextos geográficos tanto inmediatos como regionales.
Rescatar los ámbitos naturales y geográficos, el destino, reordenar las actividades, regular las actividades comerciales, los servicios públicos y privados para con ello mejorar la calidad de vida de residentes y visitantes. Junto a esto establecer nuevas normas para sentarse al banquete: llevar comida y bebida, convivir amablemente con los comensales, servirse unos a otros y aceptar la obligación de limpiar la mesa, lavar los platos y pagar la cuenta.















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