Un paseo por los No lugares de Marc Augé

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¿Y qué es un no lugar? Tras más de 20 años desde la publicación de las reflexiones de Marc Augé en “Los no lugares, espacios del anonimato” (1992), estos siguen estando caracterizados por la soledad de los movimientos acelerados de los ciudadanos que usan ciertos espacios como hilo de paso a alguna parte. Son lugares de situaciones inestables y tránsito ininterrumpido, allí donde los encuentros son casuales, infinitos, furtivos e inesperados. Son la suma de itinerarios individualesdonde los pasos se pierden, el encanto de todos los lugares de la casualidad y del encuentro, en donde se puede experimentar la posibilidad sostenida de la aventura. Son las autopistas, los aeropuertos, las áreas de descanso, los andenes, las salas de espera, el supermercado en el que nos autoabastecemos y en el que poder pagar en las cajas rápidas sin mediar palabra con nadie.

Por el contrario, los lugares serían esos espacios de la ciudad cargados de identidad e historia. Inscritos en las ciudades antiguas, nos regalan lugares de la memoria, lugares animados producidos por una historia más antigua y más lenta, donde los itinerarios individuales se cruzan y se mezclan, donde se intercambian palabras y se olvida por un instante la soledad. Y así, nos encontramos con la familiaridad que nos ofrecen las plazas de los conjuntos históricos, la charla en la puerta de la iglesia o los saludos matutinos junto al bar de toda la vida. En definitiva,los centros de las ciudades, son espacios[1] activos y animados, donde se mezclan y superponen las actividades administrativas, festivas y comerciales. Siendo la mayoría de estas actividades desarrolladas en el espacio público, las que hacen que cada ciudad reivindique su historia y cree su identidad.

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Cuanto más vértigo nos produce la expansión de las ciudades, cuanto más dispersos son los nuevos barrios, más necesitamos incorporar a la memoria colectiva piezas de la ciudad con carácter relacional: nos sentimos cobijados en la ciudad ya construida[2].

El espacio, para Michel de Certeau es un lugar practicado, un cruce de elementos en movimiento: los caminantes son los que transforman en espacio la calle geométricamente definida como lugar por el urbanismo. De esta manera, espacios públicos –calles- que podrían considerarse no lugares por estar marcados por el tránsito y el paso de ciudadanos, se transforman en pruebas de autenticidad e identidad, parte del imaginario colectivo, al ser testimonio vivo y comunitario de recuerdos, memorias e historia. Apoyado esto aún más por el empleo del nombre de las calles, mediante el cual se le impuso al espacio urbano una dimensión histórica mínima (lo cual lleva a pensar en la transgresión de la memoria colectiva al modificar un nombre tan emblemático como el del metro de Sol en favor de motivos económicos y campañas publicitarias).

Hace pocos días que compartí un viaje con desconocidos a través de una plataforma online que conecta pasajeros con un mismo destino. A lo largo de la conversación, uno de ellos comentaba que por su trabajo debía viajar en su vehículo, solo, de un extremo a otro de la península, y que gracias a las redes sociales y a las nuevas tecnologías tenía la oportunidad de no sufrir la soledad de cada trayecto y, además,viajar a través de otros. ¿Cómo era esta nueva idea de transformar el no lugar de las autovías en un espacio relacional? De alguna manera, al recoger gente, conocerla y compartir horas de camino, se puede viajar a sus lugares de origen a través de sus vivencias y recuerdos. Cada pasajero que pasa por el asiento del copiloto cuenta la historia de su lugar de procedencia o de residencia, proyectando su imagen del lugar y componiendo una escena mental del sitio, turistas de lo íntimo según Augé. Es ésta una manera de enriquecer los límites de los no lugares, abriendo situaciones intermedias de habitabilidad y de relación, reelaborando distancias y generando una nueva escala de situaciones intermedias. Un territorio que podría ser el de la posibilidad del lugar en proceso de reinvención constante[3].

Hacer un ejercicio de memoria sobre los lugares en los que vivimos es una forma de proyectar nuestras vivencias y contribuir así a la memoria colectiva; hoy más que nunca posible a través de las nuevas tecnologías, las cuales permiten que cada historia individual sea un componente más de la existencia social (sin olvidar, claro, que han generado también nuevos no lugares de la individualidad y potenciado algunos de los ya existentes).

Gracias a las redes sociales, ya no sólo somos observadores externos del espectáculo que nos ofrece la ciudad, sino que podemos convertirnos en actores de la gran trama urbana: elaborando historias, ofreciendo nuestra opinión sobre nuestro barrio o participando activamente en la construcción de nuestras ciudades.

Compartiendo el espacio público, en manifestaciones, encuentros o ritos sociales, es donde nos parece que nuestra historia forma parte de la que fue y la que está siendo, anudando entre todos los usuarios puntos de referencia característicos e identitarios de cada ciudad, cuyas ausencias no se colman fácilmente. Y así nuestra memoria, desde que nacemos, se va vinculando con ciertos lugares, para que cada uno de los ciudadanos tomemos conciencia de la colectividad de la que formamos parte.

El lugar no queda nunca completamente borrado y el no lugar no se cumple nunca totalmente, son espacios donde se reinscribe sin cesar el juego intrincado de la identidad y de la relación. En los no lugares los lugares se recomponen, las relaciones se reconstituyen, la invención de lo cotidiano puede desplegar sus estrategias.

 

María Toro Martínez [Estudio Atope]

 

Texto publicado originalmente en La Ciudad Viva.

 


[1]/ El espacio sería al lugar lo que se vuelve la palabra cuando es hablada, Merleau Ponty.

[2]/ ESTÉVEZ FERNÁNDEZ, X. (2010) Curso “Sostenibilidad en Ciudades de Patrimonio Mundial”, Universidad Internacional de Andalucía.

[3]/ DELGADO, M.: De lo incalculable de las ciudades. Resumen del I Congreso Nacional Arquitaxi, pág. 59. Arquitaxi, Granada, 2007

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